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Cómo predecir accidentes

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Si usted viaja o algún ser querido está a punto de viajar, ponga en práctica estos ejercicios adivinatorios. Aprender a reconocer los anuncios que lo rodean le permitirá evitar el riesgo al que pueden estar expuestos.

Cuando los reyes partían a la guerra, a su lado cabalgaba el augur. La misión del augur no era cuidar la vida del soberano con las armas, sino protegerlo de lo imponderable. Y en un viaje, lo imponderable son los accidentes. Pero no sólo los reyes temían accidentarse.

Era frecuente, en las encrucijadas de los caminos más recorridos por comerciantes y campesinos, que se estacionaran los pronosticadores de accidentes que, a la vez, enseñaban cómo eludirlos. “Cuídese de una persona alta con vi una cicatriz en el brazo derecho*, es malvada y tratará de engañarlo.

Y no atraviese el río por el puente, sino hágalo por el vado más próximo”, etc., solían ser los pronósticos. Se trataba, claro, de otro tiempo y de otras circunstancias.

Cómo auguraban los viajes, en la antiguedad

Hasta no hace muchas generaciones los seres humanos vivíamos en un contacto muy estrecho con la naturaleza. Dependíamos de ella sin los artilugios contemporáneos que suelen hacernos creer que somos independientes de sus normas.

Un mundo sin energía eléctrica, sin maquinaria sofisticada, donde no hay ciudades enormes ni medios de comunicación o transporte tales como los conocemos hoy, es un mundo si no más tranquilo, al menos muchísimo más inquietante. Un mundo al que se teme.

En ese mundo de antaño, donde las explicaciones no existen -o si existen son un asunto de fe más que un producto de la razón que investiga- la curiosidad y los miedos son calmados por la intervención de quienes gozan del presunto privilegio de comunicarse con los dioses y las fuerzas naturales.

Arúspices, augures, magos, sacerdotes, adivinos y profetas son la extraña enciclopedia que explica a la sociedad qué ocurre y por qué pasan determinadas cosas.

Un hombre, caminando a paso sostenido, no hace mucho más de cinco o seis kilómetros por hora, considerando que lleva el equipaje sobre sus hombros, que con él pueden viajar mujeres, niños, bestias cargadas, rebaños de ovejas o cabras, piaras… en fin, que constantemente se desvían del camino. En estas condiciones, un viaje de 30 o 40 kilómetros equivale a toda una hazaña e insume varios días.

Súmese a esto la profunda y total ignorancia del paisaje, el temor a los extraños, la incógnita del regreso y tendremos un cuadro bastante aproximado de lo que sentía quien debía viajar entre una aldea y otra.

Con los años, hubo un progreso material importante. Hace dos siglos, por ejemplo, los caminantes eran cosa común en Europa y Asia Menor. Entre los primeros viajeros y guerreros conquistadores y la invención de la diligencia o coche de postas hay muchos, demasiados siglos.

Y, durante esos siglos, no importa si hubo efectivamente un gran desarrollo cultural, porque cada vez que alguien viajaba se encomendaba a su suerte. El accidente, el peligro, la interrupción del viaje, la muerte lo podían estar esperando al otro lado de la próxima colina.

Pero, a mediados del siglo pasado, surgieron el ferrocarril, los barcos a vapor, el automóvil, el aeroplano… Y, poco a poco, viajar dejó de ser una aventura para transformarse en rutina. Perdimos la cuenta de las distancias. El mundo se empequeñeció. Viajar nos parece, hoy en día, algo natural.

Cambiamos el temor a los enojos de los dioses por la confianza en las máquinas. Sólo que tampoco las máquinas son confiables, por lo menos, no enteramente. Predecir accidentes pasó de moda, pero el peligro de sufrirlos permanece con nosotros.

Las señales premonitorias

Antaño los hombres auguraban sobre accidentes y otros peligros en las llamas de la hoguera de los campamentos, en el vuelo de los pájaros y el color de las aves: si iban al Norte o al Sur, al Este o al Oeste o giraban en círculo, si graznaban o estaban silenciosas (el vuelo de un ave en la noche se estimaba como muy funesto).

A veces iban mas lejos, y sacrificaban un animal para leer en sus entrañas acerca del viaje que se emprendía, y aconsejando en consecuencia.

Por fortuna los tiempos también cambiaron para los pronósticos. No es necesario encender una hoguera en el aeropuerto o en la estación, tampoco sacrificar inocentes conejos o pájaros. Ni tratar de ver el vuelo de las aves en las ciudades donde éstas no existen -salvo gorriones y palomas-.

Todos podemos auscultar el futuro sin grandes ceremoniales y con una razonable probabilidad de certeza.

Un método simple de adivinación

Consiste en tomar el boleto de viaje (o el pasaporte) y en la tarde del tercer día anterior al viaje, pedirle a un niño menor de 11 años que lo haga girar entre sus manos, sin que usted lo vea. Luego, que se lo pase. Usted tendrá los ojos cerrados y sin abrirlos pondrá el pasaje debajo de su almohada.

Esa noche se irá a dormir sin mirarlo, cosa que recién hará a la mañana siguiente, antes de desayunar. Si el pasaje está boca arriba, será un viaje espléndido. Si está al revés, quizá lo aconsejable es postergar la partida. Si se ha arrugado, doblado o dañado fatalmente durante la noche, definitivamente no se mueva de su casa.